Read this story in English.

Tenía 16 años, estaba en el penúltimo año de la high school, cuando llegó una nueva administración y mi familia finalmente se sintió lo suficientemente segura como para enviar mi solicitud de DACA. Después de lo que parecieron miles de avisos–llegada de la solicitud, aprobación, cita biométrica, envío de mis huellas–DACA se congeló. Estaba esperando que llegara mi permiso de trabajo, cuando se declaró que no se procesarían más solicitudes. Mi mamá pagó $4,500 por las solicitudes de DACA que mi familia presentó. Como madre soltera, probablemente tuvo que pedir un préstamo, sólo para que mi caso siga congelado hasta el día de hoy-dinero tirado a la basura. 

Por la misma fecha, como muchos de mis compañeros que solicitaban trabajos y trabajo de interno, me presenté a un programa de enseñanza pagado en mi high school. A pesar de ser una candidata cualificada, me lo denegaron por carecer de permiso de trabajo. No tenían forma de pagarme debido a mi situación, pero me dijeron que encontrarían la manera de que pudiera participar al año siguiente. Pude participar como estudiante de último año, pero mientras mis amigos y compañeros cobraban regularmente, yo tuve que esperar un tiempo inoportuno para ser pagada mediante un estipendio. Por un lado, me alegro de que mis profesores aprendieran a ser comprensivos y flexibles conmigo, ya que eso creó más espacio para personas como yo en este programa. Pero, por otro lado, perdí un año entero de trabajo debido a mi situación. Aunque mi desempleo fue un obstáculo, pude superarlo siendo persistente y creándome oportunidades. Esto significó tener conversaciones a veces incómodas sobre mi estatus para conseguirlo. 

Durante mi último año, me enteré de que alguien más en mi clase era indocumentado cuando fuimos involuntaria pero públicamente señalados, siendo asesorados por nuestros consejeros sobre el Dream Act de California, mientras que todos los demás estaban trabajando en la FAFSA. Esto me permitió encontrar a otros estudiantes indocumentados a mi alrededor, y resultó que él tenía la misma situación que yo con su solicitud de DACA. Eso fue hace tanto tiempo y no ha habido ninguna actualización desde entonces. Eso es realmente triste. Cinco años y ningún progreso.

Durante mi primer año de universidad, trajeron DACA de nuevo a la corte. Estas solicitudes de DACA se congelan en el tiempo, pero nunca se cierran. Pensé que tal vez, si este caso tenía éxito, mi solicitud podría finalmente ser procesada. Fue entonces cuando un juez de Texas la declaró ilegal. He estado esperando noticias o cualquier tipo de progreso con DACA desde entonces. Ha habido muchos juicios en los últimos años, pero lo único que han hecho es ilusionarme.

Mi hermana me había comentado que había oído hablar de los servicios de inmigración disponibles en su universidad, y me instó a que lo investigara en mi propio campus. En noviembre, me enteré de East Bay Community Law Center, que tiene una asociación con el Programa de Estudiantes Indocumentados de UC Berkeley. Tuve una consulta con ellos a través de Zoom que tomé en un patio del campus entre clases. No entendía lo cargada de preguntas que sería la consulta. El abogado quería saber todo sobre mí. ¿Había sido víctima de algún delito? ¿Había sido agredida sexualmente? ¿Cuándo y cuántas veces he entrado en el país? ¿Cuánto tiempo llevaba aquí? Querían estar seguros de que, si presentaba una solicitud, no sería rechazada. 

Quiero que la gente entienda lo importante que es buscar servicios de inmigración y apoyo. Nunca sabes lo que es posible a menos que preguntes y estés dispuesto a ser honesto y vulnerable con tu abogado. Toda mi vida me dijeron que nunca podría conseguir ningún tipo de protección en cuanto a mi estatus migratorio, hasta que llegué a la universidad. Lo más frustrante es no tener control sobre nada, sólo que te digan para qué puedes y para qué no puedes calificar. Finalmente, descubrimos que podía solicitar el Estatus Especial de Inmigrante Juvenil (SIJS, por sus siglas en inglés). 

A lo largo de los semestres de otoño y primavera de mi primer año, hice muchos viajes de vuelta a casa, a Fresno, pasando hasta 8 horas en el AMTRAK, para conseguir innumerables firmas y documentos de mis padres y hermanos. Esta fue la parte más difícil. Mi número ITIN, pasaporte, licencia de conducir, acta de nacimiento, identificación mexicana, todos los expedientes académicos, las actas de nacimiento de mis dos padres -que por suerte mi mamá tenía una copia de la de mi papá- estaban todos en casa. Incluso tuve que reunir los nombres completos, direcciones y otra información de mis compañeros de dormitorio porque necesitaban saber quién más vivía en mi residencia. Me llevó mucho tiempo encontrar toda esta información. 

La audiencia en el tribunal estaba programada alrededor de mi cumpleaños número 20, en la primavera de mi segundo año. En un principio, mi madre iba a asistir a la audiencia a través de Zoom, pero le dijeron que la querían allí en persona. Había venido de visita para mi cumpleaños y tuvo que volver una semana más tarde para la audiencia. Toda mi familia vino ese día. Todos estaban muy nerviosos. Pero cuando llegamos allí, el juez estaba bromeando. “¡No, no podemos permitir que vuelvas a México! Te necesitamos aquí”. Todo el proceso solo duró 5 minutos. Después de mi cita para los datos biométricos, estaba en casa para pasar el verano cuando por fin recibí la confirmación de que mi permiso de trabajo estaba aprobado, así que a los pocos días manejé hasta Berkeley para recogerlo. 

Fue un proceso. Pero he estado soñando con el Zoológico de San Diego, así que ahora por fin puedo ir.

Este testimonio es parte de Mi Historia, nuestra serie de narrativas en primera persona que amplifica las voces de nuestra comunidad. Si usted quiere en compartir su vivencia con nosotros, escríbanos un mensaje de texto al número (510) 800-8305.

Esta historia fue producida en el curso “Undocumented America” y forma parte de The Stakes, un proyecto de reportaje periodístico de UC Berkeley.