es una tarde de otoño en Half Moon Bay, y una clase de música se enciende con un estruendo de acordes y melodías constantes. Un pequeño grupo de estudiantes se sienta en sofás alrededor de su profesor, el músico Hernán Hernández, y sus manos se mueven con cuidado sobre los botones de sus acordeones, llenando la pequeña sala de un sonido profundo y rítmico.
Los estudiantes son trabajadores agrícolas que pasan la mayor parte del tiempo recogiendo cosechas para los numerosos puestos agrícolas que se esparcen por la región. Dos veces por semana, aproximadamente, se reúnen en una sala pequeña de una granja de la ciudad costera de Half Moon Bay y, cuando el sol empieza a bajar, hacen música.
Un estudiante, Pedro Romero Pérez, practica con intensa concentración. Pérez lleva casi dos años sin poder trabajar, desde que sobrevivió al tiroteo masivo más letal en la historia del condado de San Mateo. El ataque de enero de 2023 dejó siete trabajadores agrícolas muertos, entre ellos el hermano mayor de Pérez, José. Pérez resultó gravemente herido, con cinco heridas de bala que lo incapacitaron para trabajar. Durante el último año, Pérez ha recibido tratamiento para curarse de sus lesiones físicas, pero también se ha convertido en uno de los estudiantes más dedicados de la clase. Los más cercanos a él han notado su profunda transformación desde que se unió al grupo.
“Esta ha sido su medicina”, dijo en inglés Belinda Hernández-Arriaga, directora ejecutiva de Ayudando Latinos A Soñar (ALAS), una organización sin ánimo de lucro que sirve a la comunidad de trabajadores agrícolas latinos de Half Moon Bay. La organización, que proporciona recursos de salud mental, entre otros servicios, desarrolló el programa de acordeón en colaboración con Hernández después del tiroteo. En el año transcurrido desde que comenzó el curso, la música “ha cambiado por completo a Pedro”, dice Hernández-Arriaga, trabajadora social con casi dos décadas de experiencia en salud mental comunitaria. “Ha sido significativamente curativo —más que cualquier otra terapia que yo esperaría ver”.

Pérez, de 25 años, nació en Oaxaca, México y emigró a California para trabajar en el campo junto a su hermano. Los dos vivían juntos en una pequeña vivienda en la granja de hongos donde trabajaban. El 23 de enero de 2023, un hombre armado entró en su casa y abrió fuego. José, quince años mayor que Pérez, murió al instante. Las heridas de Pérez lo mantuvieron hospitalizado por meses.
El trauma físico y emocional dejó a Pérez sin poder hacer mucho más que extrañar a su hermano. “Ahora estoy solo”, dice en inglés. “A veces no duermo por la noche. Miro sus fotos”.
Pérez suele ser reservado, habla con timidez y a menudo evita el contacto visual. Sin embargo, en clase con el acordeón, la música parece encender en él algo emocional. Se vuelve expresivo, sonríe y ríe. Se concentra profundamente en perfeccionar cada nota. El dolor disminuye un poco en esos momentos, explica. “Me olvido de todo cuando estoy con mis compañeros practicando”, dice Pérez.
ALAS desarrolló la idea de la clase para ofrecer a los trabajadores agrícolas la oportunidad del arte como salida terapéutica. Estos enfoques terapéuticos, a veces llamados atención de salud mental culturalmente competente, reconocen la importancia de proporcionar apoyo y servicios de salud mental que se ajusten a los valores culturales, creencias y tradiciones de los participantes.
Para los trabajadores agrícolas, los métodos terapéuticos tradicionales pueden ser inaccesibles. Para los estudiantes de la clase de música, explica Hernández-Arriaga, el acordeón es una vía de acceso a sus emociones. “Les habla al alma”.

La salud mental de los trabajadores agrícolas
El instructor de Pérez, el músico Hernán Hernández, proviene de una línea de realeza musical: lleva el mismo nombre de su padre, el bajista de la legendaria banda norteña Los Tigres del Norte. De pie en medio del improvisado salón de clase, con un acordeón dorado amarrado al pecho, Hernández patea el suelo metódicamente, indicando el tempo: uno, dos, tres, cuatro. Su instrumento preferido, el acordeón, es especialmente evocador para los estudiantes que se criaron con su sonido distinto. “Habla un idioma, el idioma del hogar”, dice Hernández-Arriaga, de ALAS. “Es la música que tocaban tus abuelitos, las canciones que recuerdas de tu infancia”.
Aunque es un largo camino desde su casa en San José hasta Half Moon Bay, Hernández dice que la distancia recorrida vale la pena. Hernández proviene de una familia de trabajadores agrícolas —creció escuchando historias sobre las largas horas que su abuelo, su madre y sus tíos pasaban trabajando en los campos de California— y estaba ansioso por enseñarles su arte a los trabajadores que compartían esa identidad y tenían una profunda conexión con la música de los Tigres.
El programa, que comenzó en 2023, se basa en una idea sencilla: que la cultura puede curar. El mantra no oficial del programa es cultura cura. Este tipo de intervenciones con raíces culturales brindan una manera de llegarles a los trabajadores agrícolas que luchan contra altos índices de ansiedad, estrés y depresión, pero que permanecen en gran medida desconectados de los modelos terapéuticos tradicionales. Para esta población, participar en experiencias sensoriales como la música, la danza y la cocina puede ser decisivo para curar el trauma, dijo Hernández-Arriaga.
Tales prácticas también pueden fomentar una conexión vital con la identidad y la comunidad, particularmente para los trabajadores agrícolas migrantes que enfrentan la dislocación de adaptarse a un nuevo país. Crear comunidad en torno a prácticas culturales compartidas puede ayudar a reafirmar la propia identidad.

“La música y contar historias es muy prominente en nuestra cultura”, dijo en inglés Gladys Carrillo, directora de servicios de programas en el Centro Nacional para la Salud de los Trabajadores Agrícolas. “Nos conecta entre nosotros y nos conecta con nuestras raíces”. Dado que muchos trabajadores agrícolas carecen de acceso a un seguro, el sistema de atención médica, incluida la terapia, puede parecer desconocido y fuera de su alcance, añadió Carrillo, que fue trabajadora agrícola por 18 años. “Pero [los trabajadores del campo] tienen muchas prácticas culturales que proporcionan una sensación de consuelo y apoyo”.
Judith Guerrero, directora ejecutiva de Coastside Hope, una organización sin ánimo de lucro que trabaja de cerca con los trabajadores agrícolas en Half Moon Bay, dijo que la salud mental a menudo pasa a un segundo plano frente a las luchas diarias como la inseguridad de la vivienda, las dificultades económicas y la explotación laboral. En su trabajo diario, Guerrero ve cómo la salud mental de estos trabajadores se debilita en medio de acontecimientos sísmicos como las secuelas de la pandemia, la irregularidad de los patrones climáticos que traen lluvias e inundaciones mortales, la inestabilidad financiera y la preocupación por el estatus migratorio, que desde hace mucho tiempo es una de las principales preocupaciones de los trabajadores agrícolas.
Guerrero entiende estos desafíos: tanto su madre como sus abuelos eran trabajadores agrícolas, y creció en la región escuchando sus historias.
“Creo que muchas veces, como trabajador agrícola y como trabajador agrícola inmigrante, no tienes la oportunidad de abordar muchas de las otras cosas que deberías abordar, y creo que la salud mental es una de ellas”, explicó en inglés, y añadió que el estigma impide que algunas personas reciban la ayuda que necesitan. “No quieren ser vistos como débiles”. Consecuentemente, continuó Guerrero, “a veces algunas personas que deberían acceder no lo hacen”.
Aunque la investigación exhaustiva sobre las necesidades de salud mental de los trabajadores agrícolas es limitada, un estudio de 2023 realizado por el Centro Comunitario y Laboral de UC Merced encontró que una quinta parte de los más de 1.200 trabajadores agrícolas encuestados reportaron sentir ansiedad, y el 14% dijeron que habían tenido depresión y desesperanza. El estudio encontró que las trabajadoras agrícolas y los trabajadores de entre 18 y 45 años eran más propensos a sufrir depresión y ansiedad. A pesar de ello, sólo el 3% afirmó haber buscado ayuda profesional para mejorar su salud mental.
A nivel nacional, los trastornos del estado de ánimo, como la depresión y la ansiedad, figuran entre los diagnósticos más frecuentes entre los trabajadores agrícolas que reciben atención médica, según una evaluación realizada en 2021 por el Centro Nacional para la Salud de los Trabajadores Agrícolas.
Pero Carrillo enfatizó que muchos nunca acceden al sistema. Se estima que el 60% de los trabajadores agrícolas en California son indocumentados y, por lo tanto, no son elegibles para muchos servicios sociales y programas de seguridad social, o no alcanzan los límites de ingresos para calificar a Medi-Cal. Otras barreras, como el idioma, pueden poner la terapia tradicional fuera de su alcance. Para esta comunidad, explicó Carrillo, la conexión con enfoques culturalmente resonantes como la música y los relatos puede servir de puente entre los modelos de terapia individualizada y enfoques más colectivos que se basan en la cultura y la historia.
Aunque la música se ha utilizado como herramienta terapéutica en diversas culturas, especialmente en los cuidados paliativos, estudios han revelado que los programas de musicoterapia también pueden ser una herramienta eficaz para reducir los elevados niveles de estrés, ansiedad y depresión de los trabajadores agrícolas. Un estudio de 2011 analizó la eficacia de la composición musical en trabajadores agrícolas que atravesaban un duelo tras sobrevivir a un accidente de tráfico en el que murieron dos de sus compañeros. Los expertos evaluaron si el proceso colectivo de componer un corrido —un género musical popular en México— en memoria de los trabajadores fallecidos proporcionaba beneficios terapéuticos. Descubrieron que la composición de canciones ayudaba a los participantes a procesar su duelo y trauma tras el accidente; concluyeron que la musicoterapia puede desempeñar un papel útil en el tratamiento del duelo para clientes de distintas culturas: “Dada la posición e importancia de las canciones en todas las culturas, el ejemplo de este proceso terapéutico demuestra la poderosa naturaleza de las letras y la música para contener y expresar sentimientos difíciles, y a menudo no expresados, a través del proceso de composición de canciones.”
De los campos de Half Moon Bay a las salas de conciertos de Los Tigres del Norte
Esa idea —que la música puede abrir una nueva vía para expresar emociones complejas y a menudo dolorosas— se le ha revelado a Hernández a través de la transformación de Pérez. Tras el tiroteo, ALAS trajo a Hernández, de 45 años, para dirigir las clases. Para poner en marcha el programa, un fabricante de acordeones donó seis instrumentos; Hernández y ALAS consiguieron una granja dispuesta a recibirlos, y las clases comenzaron en agosto de 2023. Dos veces por semana, Hernández reúne a una mezcla de estudiantes veteranos como Pérez y recién llegados que se enteran de las clases a través de eventos comunitarios y por el boca a boca.
El linaje musical de Hernández añadió un atractivo adicional. Muchos de sus estudiantes son devotos seguidores de Los Tigres del Norte, cuyas canciones suelen tratar temas de migración, hogar e identidad. Para los trabajadores del campo, la banda ocupa un espacio cultural único. “Dondequiera que vayas a trabajar al campo, los oyes tocar”, explica Pérez. Él y un grupo de compañeros tuvieron la oportunidad de conocer a sus ídolos el año pasado, cuando fueron invitados a los camerinos durante un concierto de Los Tigres en Stockton. “Estábamos tan emocionados”, dijo Pedro, sonriendo al recordarlo. Algunos incluso empezaron a llorar.
“Mi padre y la banda han luchado mucho por las personas que trabajan en los campos, haciendo las cosas cotidianas de las que la gente no habla: los héroes anónimos”, dijo Hernández. Añadió que, a pesar de la naturaleza agotadora y a menudo estresante del trabajo agrícola, las conversaciones sobre salud mental siguen siendo tabú, especialmente entre los hombres. Hernández se sintió atraído por la misión de ALAS de conectarse con los trabajadores agrícolas a través de las artes culturales. “Siempre he creído que la música es una terapia”, dijo. “No todos pueden comunicar sus sentimientos, ni hablar de ellos, ni siquiera escribirlos. Y eso es lo que la música es. La música es ese lenguaje universal que todos entendemos”.

Hernández ha sido testigo de cómo ha evolucionado la relación de Pérez con el acordeón desde que entró por las puertas de la clase hace un año; no sólo a través de una mayor comodidad e inmersión en su instrumento, sino también en cómo ocupa el espacio. Cuando empezó el taller, Pérez solía quedarse de pie cerca de la puerta o de espaldas a la pared, recuerda Hernández, en lo que supone que era un reflejo de protección. “Cuando llegué aquí por primera vez, ni siquiera podía acercarme a él, porque creo que todavía estaba muy traumatizado”, dijo Hernández.
Pero en una reciente tarde de otoño, mientras Hernández está de pie en medio de la sala con un acordeón negro oscuro amarrado al pecho metódicamente dando instrucciones en español, Pérez está sentado en un sofá de cuero marrón, con un acordeón rojo eléctrico colgado en el hombro derecho. Tiene la cara tensa por la concentración. Toca las teclas blancas, fijado en el momento.
Reflexionando sobre la clase, Pérez dice que el instrumento le ha dado alegrías, aunque le ha costado dominarlo. “Al principio estaba nervioso, porque no sabía hacer nada”, explica. “Es difícil aprender; es un proceso”. Pero ahora, añade, “me siento bien tocándolo. Me siento emocionado”.
Para Pérez, la curación es un proceso continuo. Sigue recuperándose y subsistiendo con cheques de incapacidad temporal. La pérdida de su hermano sigue siendo una profunda fuente de dolor. El duelo nunca es un proceso lineal y golpea a Pérez en diferentes momentos. A veces es justo después del trabajo, cuando Pérez siente la tentación de “salir a comer a algún sitio y me doy cuenta de que no tengo a nadie con quien ir”, dice. A veces es en medio de la noche, cuando los recuerdos de José pasan por su mente.
Sin embargo, con el tiempo, Hernández se dio cuenta de que Pérez cada vez se interesaba más por la música. Practicaba en sus días libres y a veces llamaba a Hernández para pedirle consejos sobre nuevas canciones que quería aprender. Hernández explicó que se trataba de una parte diferente de Pérez, una diferencia “del día a la noche” con respecto a la persona que entró a la clase el año pasado. “Su confianza se ha disparado, su presencia, su compromiso con el instrumento y el oficio y su deseo de aprender algo nuevo. Poder hacer esto con él es un regalo para mí”.
Recientemente, Pérez celebró su cumpleaños número 25 con Hernández y sus compañeros. La noche llegó con una agradable sorpresa: una llamada del padre de Hernández, el emblemático bajista de los Tigres. Un Pérez sorprendido contestó. “Me llamó”, dijo Pérez, aún incrédulo, “para desearme feliz cumpleaños”.
Esa misma noche celebraron con música y pastel, marcando su segundo cumpleaños después del tiroteo y el primero como músico.




