Read this story in English.

Alejandro nació el 29 de diciembre de 1998. Al año y medio, un golpe jugando cambió todo. Alejandro empezaba a caminar y se golpeó en una mesa y se le hizo un hematoma exagerado, y tuvo un sangramiento horrible en toda la cara. Lo llevamos al médico y ahí nos diagnosticaron que él tenía hemofilia. Cuando el doctor vio a Alejandro, me dijo que en El Salvador no había medicamentos. Entonces me dijo: ‘¿Tienes visa?’ y yo le dije: ‘sí’. Me dijo: ‘Te aconsejo que te vayas [para los Estados Unidos] porque este niño se te va a morir.’

Tuve que dejar todo. Dejé mi profesión, dejé mis cosas, dejé todo. Me acuerdo que mi jefe me decía ‘Yanira, te doy seis meses, vete a los Estados Unidos. Mira si encuentras todo para tu hijo’. 

Gracias a Dios, Alejandro y yo teníamos visa, porque, voy a ser honesta, teniendo esos trabajos en el país, trabajando para el gobierno, uno tenía la facilidad de obtener la visa en aquel entonces. 

Mi jefe me dijo: ‘Vete, prueba con tu hijo. Voy a guardar tu trabajo porque eres buena trabajadora, pero si decides quedarte, quédate y me mandas tu renuncia por email.’

Llegué a Estados Unidos con la esperanza de encontrar una cura para Alejandro. Lo primero que hice fue llevarlo al Children’s Hospital en Oakland. Allí, una trabajadora social se convirtió en un ángel en nuestras vidas. Y lo primero que me preguntó fue, ‘Ya no vas a regresar, verdad a tu país? Tienes que tomar una decisión, yo te voy a ayudar, pero tú no puedes regresar porque Alejandro tiene que tener un tratamiento acá.’

Y así fue. Lo ingresaron, le dieron todo lo que necesitaba y Alejandro empezó a sanar. Yo pensaba que el tratamiento de Alejandro iba a ser fácil, pero no. Alejandro lo necesita por el resto de su vida. Entonces, pues yo tuve que tomar la decisión de quedarme porque yo vine acá por la medicina de mi hijo. Tuve que mandar la renuncia. 

En ese entonces había lo que era el estado de protección temporal (TPS), la ayuda para los salvadoreños. Pero yo no lo pude recibir en ese tiempo porque me dijeron que no había entrado en el año que calificaba para TPS. 

Como Alejandro aún estaba pequeño nosotros intentamos, no asilo político, sino algo que nos diera un estatus para poder quedarnos por la necesidad de mi hijo.  Y pues no se pudo hacer nada. No había opciones. Y después de 10 años, la visa se pierde por completo.

La vida aquí no ha sido fácil. Dejé mi carrera de diseñadora gráfica. Trabajé 16 horas al día, en un Big Lots de noche, en un restaurante lavando ollas gigantes. Yo cuando iba a trabajar, me acuerdo que tomaba el BART y lloraba todos los días, no en mi casa, porque no quería que mi mamá me viera, ni mi hijo. Pero siempre me decía: ‘Es por la salud de Alejandro; él va a estar bien’. Nunca perdí la fe.

Decidí estudiar para ser asistente de enfermería certificada (CNA). Trabajaba todo el día y estudiaba por la noche. Un señor que manejaba el autobús me esperaba para llevarme a casa, otro ángel en mi camino. Me gradué de CNA, aunque no tenía la documentación para trabajar con el estado. Pero encontré un trabajo en un asilo, donde aprendí y descubrí mi vocación de servir a los ancianos. Allí trabajé por 20 años.

En todo este tiempo, Alejandro crecía. Pasó su kínder, primaria y secundaria sano. Ahora está en la universidad, esperando sus papeles. Él ahora tiene DACA. Quiere ser trabajador social y regresar al hospital, no como paciente, sino para ayudar a otras familias, porque vio lo mucho que me costó a mí.

La vida ha sido una montaña rusa de desafíos, pero nunca perdí la fe. En la pandemia, tuve que renunciar a mi trabajo para cuidar a mis padres. Pero decidí usar mis habilidades y fundé mi propia agencia de cuidadores. 

Añoro mi tierra, El Salvador. Veo los videos con mi mamá, y sé que algún día regresaré. Llegó un momento en que tenía muchas ganas de regresarme. Yo le decía a mi mamá, ‘Yo ya no aguanto. Tengo ganas de regresarme con mi hijo.’ Y después decía  ‘No, no, no. Le voy a echar ganas. Yo me acuerdo. Siempre decía eso. 

 A mí me preocupa Alejandro, porque aunque se vaya para El Salvador ya adulto, ¿qué va a hacer él allá? Y yo he querido ver adónde están los tratamientos de hematología [en El Salvador] y eso todavía creo que no existe, o sí hay, ha de ser privado, me imagino.

 En febrero, le preguntamos a la abogada que cómo iban los papeles de Alejandro y nos dijo que está todo congelado pero que por lo menos no lo han cancelado. Yo le pregunté cuál era el siguiente procedimiento y me dijo que es mejor esperar porque ahorita la situación está difícil.

Tengo miedo por la situación migratoria, por mi y por Alejandro. Pero confío en que Dios me hará invencible a todo lo malo. Camino por las calles y no sé qué va a pasar, pero siempre todas las mañanas, digo una cosa, ‘Señor hazme invencible a todo aquello que me pueda causar daño.’

Este testimonio es parte de Mi Historia, nuestra serie de narrativas en primera persona que amplifica las voces de nuestra comunidad. Si usted quiere compartir su vivencia con nosotros, escríbanos un mensaje de texto al número (510) 800-8305.