Como tantos otros mercados de pulgas a lo largo del país, el Coliseum Swap Meet del este de Oakland, conocido como La Pulga, es fiel reflejo de la comunidad a la que sirve. Aquí, todos son bienvenidos a probar los sabores de México, a disfrutar de una michelada bajo la sombra, a comprar artículos para el hogar, frutas, dulces, crocs charms, flores, ferretería, ropa, joyería, cosméticos, electrónicos y más a precios de descuento.

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Los niños pueden correr por el patio de juegos o montarse en el colorido chu-chu tren que recorre los pasillos. Los amigos pueden reunirse a tomar unas cervezas y bailar al ritmo de las  bandas que tocan en vivo, al atardecer, los fines de semana. La Pulga provee, sin falta.

Durante tres sábados consecutivos en octubre de 2023, el equipo de El Tímpano instaló un puesto en La Pulga para conectar con la comunidad. Ofrecimos fotos instantáneas gratis y casi todos los que participaron en la sesión de retratos aceptaron darnos una entrevista, que fue grabada. Unos 60 clientes y 14 vendedores hablaron con El Tímpano sobre cómo invierten su tiempo y dinero en La Pulga.

Escuchamos historias de celebración, camaradería y algunas de desamor pero, sobre todo, escuchamos historias de supervivencia.

Casi todos los días, se puede encontrar a Samuelín Martínez, de 73 años, caminando por los pasillos de La Pulga. Martínez llama “caminatas de oración” a sus recorridos por el mercado.

Martínez describe a La Pulga como si hablara de un lugar sagrado. Él ha sido activista comunitario por mucho tiempo y está muy consciente de la historia del área: solía vivir en High Street Homes, un complejo de viviendas públicas que alguna vez se erigió cerca del lugar que ahora ocupa La Pulga. Con la ayuda de un bastón, Martínez ahora pasa sus días caminando a paso lento entre los cientos de puestos manejados por vendedores que hablan español. Conversa con cualquiera que cruce su camino y saluda con una sonrisa amplia y bigotuda.

A muchos vendedores se les ha hecho difícil mantener su negocio a flote después de la pandemia de COVID-19. La inflación también ha impactado las ventas. Muchos compartieron con El Tímpano que el mercado no es tan grande ni está tan lleno de gente como antes de la pandemia.

María Villa, de 77 años, inmigrante de México, es madre soltera de dos hijos. La conocen en La Pulga como la “Tía María” y ha vendido jarras, ollas, juguetes y adornos artesanales durante 30 años. Las ventas de su puesto le ayudaron a enviar a sus hijos a la universidad. Pero el negocio últimamente ha ido lento, dice Villa.

Blanca Luna, de 62 años, es una inmigrante de Guatemala que también ha vendido en La Pulga por 30 años. Entre las luces de neón de los letreros y los ruidos que hacen los pequeños juguetes electrónicos que vende, es difícil no detenerse en su puesto.

Aún así, Luna dice que sus ganancias actuales no son tan buenas como cuando abrió la tienda. En un buen fin de semana, dice, podría llevarse a casa entre $200 y $250.

Ha notado que los clientes están gastando menos y que no puede competir con las ventas en línea.

La Pulga también ha estado en las noticias recientemente. En agosto pasado, dos hombres fueron arrestados por supuestamente vender $85,000 en mercancías robadas.

El 21 de octubre, Omar Oñate Rivas le dijo a El Tímpano que estaba visitando La Pulga por primera vez para tratar de encontrar herramientas de construcción que le robaron del auto a un amigo en San José.

Aunque Oñate Rivas no encontró los artículos robados ese día, pudo comprar a precios económicos materiales de construcción para su trabajo como jornalero.

Aunque el objetivo de El Tímpano en La Pulga no era verificar si la mercancía vendida en el mercado era robada, pudimos observar un ciclo de oferta y demanda que deja claro lo difícil que puede ser vivir en el Área de la Bahía. Los inmigrantes pueden encontrar trabajo como jornaleros o en la construcción, pero necesitan comprar sus propias herramientas, equipos que podrían costar cientos de dólares que tal vez no tengan.

César, a quien El Tímpano identifica sólo por su primer nombre porque es menor de edad, ha vendido herramientas de construcción usadas en La Pulga durante casi un año, junto a tres socios. Las cientos de herramientas que ofrece a la venta están apiladas en el suelo, en hileras gruesas que parecen campos de cultivo.

El ecosistema de La Pulga es, en última instancia, un microcosmos de la vida en el este de Oakland, como un terrario lleno de música ruidosa y olor a cuero nuevo.

“Este es el único trabajo que he podido inventar para sobrevivir,” dice Beltrán. Ella perdió su trabajo durante la pandemia y recientemente se separó de su marido. Vende una mezcla de artículos, desde materiales para manualidades hasta ropa. En La Pulga puede traer a sus hijos para no tener que pagar guardería.

“Oakland es una ciudad muy hermosa… Mis respetos para todos, para los jóvenes que hacen donas. Hay que ser muy valiente para hacer donas, hay que ser valiente para todo,” dice Beltrán.