Decía mi papá que si el trabajo lo disfrutas, sea lo que hagas, pues cuenta como una distracción. Yo trabajo en la construcción y tengo un part-time en La Pulga los fines de semana, vendiendo bebidas —cervezas, sodas, chips, todo eso—. Los sábados y los domingos la gente viene a divertirse, a desestresarse de su rutina, cada quien a su manera. Unos se embriagan, otros vienen con sus familias a caminar, a ver lo que se vende. Es agradable porque platicas con mucha gente. No importa el clima, que esté soleado o nublado, el chiste es convivir y platicar y dialogar, pasarla bien un rato y el lunes volver cada uno a su realidad, a trabajar.

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A mí me gusta mucho dialogar. Tú no sabes si vas a encontrar en la calle a alguien que está peor que tú. Y si tú le hablas, le sonríes, le dices un saludo, quizás ese saludo le puede cambiar la vida en ese momento.

Me pasó una vez en México que iba caminando por una calle y venía una señora muy guapa, se miraba que tenía dinero, pero venía como ida de la mente. Los que hemos padecido de depresión sabemos lo que es eso. Yo me le quedé viendo y solo le dije: ‘Que tenga un buen día, se ve usted espectacular hoy’. Y ella se volteó y me dijo gracias. Después dialogamos con un café por medio y esa señora iba a punto a suicidarse. ¿Por qué? Porque aunque tenía muchas cosas, tenía mucho dinero, no era feliz. 

Si usted o alguien en su entorno está en riesgo, llame o envíe un mensaje de texto al número 988 de la línea de prevención de suicidios para obtener apoyo gratuito, las 24 horas del día, los siete días de la semana; presione 2 para que le atiendan en español. Si usted o alguien que conoce sufre de violencia doméstica, llame al 1-800-799-SAFE (7233) o visite www.thehotline.org para conversar con un especialista. Consulte nuestra Guía de Recursos para más servicios en el Área de la Bahía. 

Para mí no es difícil entablar una conversación porque soy una persona que ocupa su tiempo en leer, en escudriñar a la gente, en verle arriba a abajo, sus acciones y de algún detalle puedo sacar plática. Yo he descubierto a los 41 años que lo que anhelo es una paz personal, interior, basada en Dios. Yo ya peleé lo que tenía que pelear. Yo ya lloré lo que tenía que llorar. Ya estuve triste lo que tenía que estar. Me toca vivir. Me toca a mí disfrutar, hacer lo que me gusta, sin ofender ni molestar a los demás.

He descubierto a los 41 años que lo que anhelo es una paz personal, interior

Luis Urbina, 41, Oakland

Yo no tuve la fortuna de tener a mi madre conmigo, porque mi mamá se fue, decidió que era mejor un hombre que sus hijos. Mi papá fue padre y madre para nosotros. Entonces eso uno lo va cargando desde la niñez y creces con un problema. Y cuando te casas, crees que no vas a repetir la vida que te dieron tus padres, pero en algunos puntos sí llegas a repetirla, inconscientemente. Entonces yo crezco, me caso, me realizo como persona, una persona buena, sin antecedentes penales ni nada de eso. Tengo a mi esposa, a mis hijos, pero cometo la estupidez de dejar a mi mujer porque era más grande que yo. Luego, un tiempo después me vuelvo a juntar con otra persona y me traicionan y yo pierdo la cabeza y quiero morir.

Cuando me pasó eso, mi mundo se cayó. Diez años vivimos juntos y me engañó. La encontré con otro pelado en un hotel. Verla ahí me dio mucho coraje. Me volví loco. Golpeé, agredí, casi cometo una barbaridad. Dentro de mi coraje, me tiré al vicio, al alcohol. Renuncié al trabajo. Anduve vagando, no supe qué hacer, perdí todo, mi moral, mi honor como hombre. Solo pensaba en mí y en vengarme, en hacer una atrocidad. No pensé en mis hijos, ni en mis padres, en nadie más, solamente pensé en desquitarme.

Mientras estuve vagando, me encontré a una persona que vendía tamales en una esquina. Ella ya me conocía porque yo por ahí pasaba siempre, y un día que estaba yo alcoholizado me dijo: ‘¿Tienes dónde dormir? ¿Ya te bañaste? ¿Ya comiste?’. Yo estaba muy mal y ella me extendió la mano, me dio casa, me dio un lugar donde dormir. Y me dio la oportunidad de creer en mí mismo y de creer en dios, porque ella es muy religiosa. Fuimos a unas terapias, a Alcohólicos Anónimos. Fuimos a la iglesia, a muchos lados. Yo tomé ayuda donde me la ofrecieron. Un día me dijo: ‘Vámonos a Estados Unidos. Allá va a haber mujeres, otra vida, te vas a poder comprar lo que tú quieras’. 

Cruzamos el río por Tamaulipas. Al principio era como un sueño, como estar dentro de una burbuja. Empiezo a tocar el agua con mis pies y sentía lodo y las piedras y la corriente del agua en mis rodillas. Cuando dejé de tocar el fondo con mis pies, dije: ‘Por Dios santo, estoy en medio de un río’. Pero algo dentro de mí también decía: ‘Suéltate de la balsa. Nadie te espera en casa. A nadie le haces falta. Hasta le haces un favor a la sociedad. En este río se han muerto muchos, uno más o uno menos no importa’. Yo no quería venir aquí. No deseaba venir aquí, como lo desean muchos. Yo no.

Pero entonces recordé una frase árabe que dice: “Cuando quieras hacerte daño, tírate al mar y vas a ver que no quieres morirte, que vas a luchar por tu vida”.  Cuando me empiezo a hundir, me cae la realidad y digo: ‘Yo no quiero morir aquí’. Ahí no me acordé de la mujer que me traicionó, me acordé de mí. Empecé a luchar por mi vida, a nadar hacia la orilla. Cuando toqué las rocas, ah, sentí un alivio tan grande. Sentir el lodo en mis pies fue algo muy agradable. Y así son muchas historias de inmigrantes: unos vienen huyendo de sus males, otros vienen por sueños.

As told to Maye Primera.