Expresar la gratitud es uno de los más grandes desafíos que hay. Es necesario conocer a la persona casi íntimamente para que la gratitud surta el efecto deseado. La gratitud es un crisol de la ternura, para poder nombrar lo más importante de las relaciones. O la gratitud puede volverse superficial, poco sincera, si no se basa en la auto-vulnerabilidad. Abrirse es el desafío.
Entonces la invitación a escribir poemas y otras palabras sobre la gratitud es una suerte de emboscada, un doble desafío, ya que hay que ofrecer en público lo que uno conoce de la otra. Abres las puertas de tu ser permitiendo a los lectores ver y quizás sentir lo que sabes y piensas de esa persona.
Aquí están unas muestras de gratitud que comparten miembros de nuestras comunidades y nos invitan a relaciones más íntimas y cercanas. Todos las y los poetas dan gracias a la vida.
Les dejo las palabras de la poeta y cantante Chilena, Violeta Parra, que nos muestra cómo agradecer nuestra vida.
Gracias a la vida
que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido
y el abecedario
con él las palabras
que pienso y declaro
madre, amigo, hermano
y luz alumbrando
La ruta del alma del que estoy
amando
— Arnoldo García
Arnoldo García es un poeta y educador comunitario radicado en Oakland. Colaboró con El Tímpano para nuestro proyecto de poesía participativo, Poemas Móviles, y en la traducción de algunos poemas. Para leer otros poemas en nuestra serie, haga clic aquí.
Está bien, año.
Tú y yo
nos rozamos las narices,
nos embriagamos
de poses,
nos calmamos
y lo llamamos
un beso.
Gracias
por el
vaso y
el movimiento
y la
agitación.
Sigamos llamando
a nuestro trozo
de océano
nuestra bahía.
— Roman, Oakland


Que este año sea de propósito.
Para ud; y los sullos.
Disfruto de pasear en bicicleta
Tocar en la guitarra.
Aprendo cada día.
— Ambrosio, Oakland
En ovación, a la lluvia
Este bonito poema;
Me gusta, caminar bajo, la lluvia.
Porque nadie puede ver, mis lágrimas
— Ambrosio, Oakland
Tengo la prisa del viento,
el sonido del silencio, la nostalgia del atardecer,
la soledad de la noche, el calor del sol,
la humedad del mar, el olor a ternura de Olivia,
el caminar pausado de la historia, el dolor de una lágrima,
la sonrisa de mi hijo, el amor de la vida.
La gracia divina del cielo azul, los achaques de la menopausia,
el lunar de mi padre, el leve parecido a mi madre,
las canas en los colochos, la sangre de la canción constante que suena en mi mente.
Gracias, por las luces que alumbran la noche oscura de California,
por el salitre que respiro, por la lluvia que llena los mares,
por el frío que se cuela por la ventana, el ruido que se desvanece con el transcurrir del día.
Gracias, por la estrella en la cúspide del árbol verde que ilumina mi navidad.
Gracias, por el abrazo intenso del nuevo año.
— Roxana, Oakland

Agradezco a mi familia por estar presente en mi vida, siempre con sus alegrías y evolución como familia.
Doy gracias por el crecimiento de la familia, ya en la tercera generación con 10 sobrinos y 2 nietos.
Doy gracias por estar todos bien. Todos viven en Venezuela.
Tengo 2 años y medio viviendo en Oakland, California en compañía de mi hija Marysabel y su esposo Andrew, donde vivo; y también comparto con mi hija Ana Luisa y su esposo Stephen, que están residenciados también acá en California.
Tengo 2 años y medio como inmigrante y he tenido la oportunidad de iniciar el aprendizaje del idioma Inglés en la Institución Educativa Las Casas. Con una atención y formación excelente.
Doy gracias porque ha sido un año que hemos logrado tener elecciones en Venezuela con la participación de todos los venezolanos y haber alcanzado la elección limpia y sin incidentes, de un presidente democrático con la ventaja de un 72% respecto a los otros candidatos. Siendo una elección transparente y resultados comprobados ante el mundo.
Extraño a mi familia y espero con ansias la libertad de mi país Venezuela.
— Luisa, Oakland

Tenedores y Showkas:
Me levanto perezosamente, con los rayos del sol acariciando mi rostro a través de la ventana. ¿Soñé anoche? Ah, sí, el buen viejo sueño americano, que adormece los sentidos. Antes solía soñar en árabe, ¿sabes?
Deambulo por la habitación, hago la cama —siempre lo primero—, recojo la ropa, me lavo la cara, me preparo para el día. ¿Desayunaré? Sí, prepararé algo de comer. Antes solía soñar en árabe, ¿sabes?
Preparo huevos revueltos con queso, corto mi pan de pita en trozos pequeños para mojarlo en el huevo. Usé el “______”, espera, usé el “______”… quiero decir, en fin, usé el tenedor para terminar el resto de los huevos. Antes solía soñar en árabe, ¿sabes?
Suena el teléfono y es mi padre llamando desde Blad. “Vuelve a casa, hija”, dice automáticamente, “ya es hora, vuelve a casa”, me recuerda de nuevo. Empiezo a llorar, y su instinto protector lo deja mudo, a miles de kilómetros de distancia. Solía soñar en árabe, ¿sabes?
¿Qué pasa, hija? pregunta con dulzura. Y le cuento, le cuento sobre el tenedor, sobre sentirme abandonada, sobre no saber qué era, sobre olvidar mi propia lengua, sobre mi lengua olvidándome a mí. Se ríe y dice con cariño: “oh baba, 3arabeeyatich zay el khara. Ay, hija, tu árabe es una mierda”.
Pero verás; la cuestión es que… solía soñar en árabe, ¿sabes? Solía soñar en árabe.
— Nida Liftawiya

